La Voz de Tabasco
CULTURA

-Historia de Tabasco-. Andrés Calcáneo Díaz

Compilador: Emilio Contreras Martínez de Escobar
De todos los poetas de Tabasco, es Andrés Calcáneo Díaz quien llevó la peor parte. No disfrutó ni de su juventud ni su matrimonio, por andar a salto de mata, huyendo siempre de la persecución de los bandalistas en Tabasco y de Porfirio Díaz en el resto del país. Después de militar en La bohemia tabasqueña, en sus dos épocas, fundó junto con Mestre Ghigliazza, Lorenzo Casanova y Domingo Borrego La revista de Tabasco.
Calcáneo estuvo preso, como se ha dicho en otros capítulos por haber entregado a los voceadores la hoja suelta Alerta, el 25 de marzo de 1906. Fue el primero en caer en la cárcel, acompañado por Andrés González Aguilera. Más tarde, el 2 de abril llegan a la cárcel sus demás compañeros, Mestre Ghigliazza, Domingo Borrego, Lorenzo Casanova, Filiberto Vargas y Juan Lara Severiano.
De ese encierro no sale sino hasta los ocho meses, cuando creen los del gobierno que ya se aplacaron los ánimos revolucionarios. Como el poeta cree que su vida corre peligro, se marcha a Cuba, en donde para poder sobrevivir se dedica al periodismo y hace muchas amistades. Allí es donde escribe el libro de poemas Covadonga, canto épico, que está fechado en Cienfuegos, Cuba, el 6 de enero de 1908, y que dedica a todos los españoles, especialmente a los hijos de Asturias.
También estando en Cienfuegos, el 14 de septiembre de ese mismo año, fecha un poema que dedica a su compañero de lucha, Manuel Mestre Ghigliazza.
De la isla, en pleno exilio voluntario, sólo la añoranza de su tierra lo hace volver, pero al hacerlo, sintiendo que su vida no vale nada en Tabasco, se instala en Puebla, en donde entabla amistad con Aquiles Serdán, quien lo pone en contacto con José María Pino Suárez, poeta tabasqueño adherido a la causa de Francisco I. Madero. Después, ambos bardos se dedican a preparar la venida de Madero al Sureste de México.
Así comienzan sus ingresos clandestinos a Tabasco. En esas idas y venidas nacen sus dos hijos, María de los Ángeles y José Alfonso, a los que no ve nacer por andar huyendo. Calcáneo no convive con su esposa. Eva Becerra, ante el temor de ser descubierto por los espías de Bandala y Porfirio Díaz. La pobreza hace presa del hogar de Calcáneo, por lo que el poeta explica su situación de angustia en una de sus cartas a Eva: «…en la última instancia vende todos mis libros para sufragar los gastos». También le aconseja que busque el apoyo paterno para poder subsistir.
Al triunfo del maderismo, Andrés Calcáneo Díaz retorna a Tabasco a bordo del barco Ipiranga, en el mismo que ha de partir Porfirio Díaz al extranjero para no volver jamás. A su regreso incursiona de nuevo en la política local y es elegido diputado, pero al ser asesinados en 1913 el presidente Francisco I. Madero y su coterráneo José María Pino Suárez, de nuevo queda solo. En este lapso es cuando se ve envuelto en la vorágine de la revolución que se desarrolla en La Chontalpa, tratando de desalojar al usurpador Victoriano Huerta y a su representante en Tabasco, el gobernador interino, Agustín Valdez.
Es entonces que, en su calidad de diputado, en la Cámara se pronuncia porque en México se ponga paro al fratricidio. Pide que se busque una solución para que la sangre no siga corriendo entre los mismos hermanos. Por esos días, ante el asesinato de sus amigos, Madero y Pino Suárez, escribe un soneto para el primero, que viene a crearle nuevos problemas por el tono elegíaco en que el mismo fue escrito:
La furia soldadesca te arrolló… Tu bandera, tinta en tu noble sangre, te sirvió de sudario, y contigo murieron, glorioso visionario, la Democracia Augusta y la virtud austera.
Fue tu labor insigne cristiana y justiciera: por ti los mercaderes huyeron del santuario; y, negado y vendido, moriste en un calvario. de frente a lo futuro, soñando en tu Quimera.
Como Agustín Valdez supiera de la trayectoria de Andrés Calcáneo, le pide que acepte ser mediador con los rebeldes encabezados por Carlos Greene, Ramón Sosa Torres y Rafael Aguirre Colorado. Calcáneo solicita una conferencia a los rebeldes de La Chontalpa. Esta se realiza el primero de junio en la finca de don Donaciano Mayo, a 25 kilómetros de Cárdenas. A esta entrevista acuden los jefes revolucionarios, Cortés y Ramón Sosa Torres. Calcáneo llega acompañado por don Manuel María Aguirre, Manuel Torruco y Laurencio Gamas. En esta conferencia que se prolongó hasta las cuatro de la tarde de ese día no se llegó a ningún acuerdo. Los revolucionarios desconfían con mucha razón de las propuestas del gobernador Valdez y, para rendirse, presentan otras condiciones.
Calcáneo regresa con las peticiones ante el gobernador, y, mientras se llega a un acuerdo, se decreta un alto al fuego entre ambos bandos durante diez días durante los cuales, tanto las tropas rebeldes como las gubernamentales se comprometen a no romper la tregua. Pero las huestes oficiales, comandadas por los militares: José Valenzuela y Villarreal, aprovechando y suponiendo que los rebeldes cumplirán su pacto, deciden atacarlos a los cinco días, mientras Calcáneo se encontraba en San Juan Bautista. El ataque fue el 6 de junio. Villarreal y Valenzuela al mando de 240 hombres bien pertrechados en la ribera de Limón y Candelero, del municipio de Cárdenas, atacaron por sorpresa a los revolucionarios quienes, tomados por sorpresa, se defendieron desde una zanja que habían cavado y que evitó que diezmaran su ejército. En el combate que duró cuatro horas, los huertistas se vieron perdidos y optaron por la huida, no sin antes fusilar a Macario Domínguez, Fernando Pimienta, Tomás Cabrera y Florencio Morales, a quienes llevaban como prisioneros, por considerarlos simpatizadores del maderismo. En el combate murieron unas veinticinco personas entre ambos lados.
Cuando Calcáneo se da cuenta que las tropas del ejército oficial han roto el pacto, trata de establecer contacto con los revolucionarios de La Chontalpa, pero éstos desconfían y el diálogo no se da. Los informes que recibe de los campamentos rebeldes son confusos. Poco después, cuando las tropas de Carlos Greene, Sosa Torres y Aguirre Colorado entran victoriosas a San Juan Bautista, y los huertistas huyen, los amigos del poeta Calcáneo le aconsejan que se esconda mientras se aclaran las cosas, por lo que busca la protección en la casa de su prima. Agustina Santiago Díaz, ubicada en el número 1 de la calle de Ocampo.
Es entonces que el nombre del poeta Calcáneo empieza a ser pronunciado con malicia. Pero permanece en su escondite porque sus amigos lo instan a que no salga porque ellos le arreglarán una entrevista con los jefes de la revolución para poner en claro de una vez por todas su situación de que él nada tuvo que ver en la traición de los huertistas, pero ésta nunca llega a concretarse. Parece que sus amigos se han esfumado. Por varios días Andrés Calcáneo espera la visita de estos amigos para que le digan qué día y hora ha de verse con los jefes. Pero no llegan. Los dejan solo con su problema. Nadie acude a informarle sobre el curso de los acontecimientos.
Hasta la casa de su prima llega el padre de Calcáneo, señor Andrés Calcáneo Puig, para pedirle que huya, que tiene una lancha rápida en el Grijalva, que lo llevará de inmediato a Ciudad del Carmen, Campeche, pero el vate se niega, argumentando que es inocente, que pronto se aclarará todo, que incluso un compañero de Cámara, el diputado Antonio Hernández Ferrer, le ha prometido interceder por él ante los nuevos jefes de la revolución. Pero también le falla. El silencio de sus amigos lo pone nervioso y desesperado, un día decide ir personalmente al Palacio de Gobierno para aclarar de una vez por todas la duda que no lo deja dormir y con sorpresa, ve que ya un pelotón, avisado del sitio en que se esconde, va en dirección contraria para aprehenderlo.
Los falsos amigos lo han denunciado, según los rumores que en ese sentido circulan por la ciudad.
Ya en la cárcel, Calcáneo Díaz es puesto en una celda incomunicada. Ni a Eva Becerra, su esposa, ni a su padre, Andrés Calcáneo Puig, les es permitido verlo. El preso está incomunicado por órdenes superiores. El poeta vuelve a ver la luz del día hasta el 6 de octubre de 1914, cuando a las 7:30 de la mañana se presenta un oficial del ejército para decirle que lo acompañe. De allí, bajo una pertinaz lluvia es llevado hasta el panteón en donde ha de ser fusilado momentos después, sin habérsele formulado cargo alguno ni juicio que determinara su culpabilidad.

Es cuando a la muerte del poeta, se dice que sus amigos, entre los que se encontraban Francisco). Santamaría, Alfonso Caparroso, Antonio Hernández Ferrer y José Domingo Ramírez Garrido, fueron los más implicados en el fusilamiento. Santamaría, junto con Caparroso, empujaron a Aquileo Juárez para que lo fusilara porque ellos, junto con Rafael Martínez de Escobar, integraban el Comité de Salud Pública y según Alfonso Taracena, por haber leído mal la historia de la revolución francesa, necesitaban ajusticiar a un poeta en Tabasco, igual como se hizo en ese país europeo después del triunfo de la revolución, mandando al cadalso a André María de Chenier. Y el candidato más idóneo aquí era Andrés Calcáneo Díaz. En relación a este pasaje histórico, como la conseja popular decía que fueron Santamaría y Caparroso los más comprometidos, al biografiarlo en el libro La poesía tabasqueña, dijo que algún día aclararía de una vez por todas en qué circunstancias había muerto Calcáneo, pero nunca lo hizo. Como a estas alturas es difícil ya aclarar estos acontecimientos porque los personajes que intervinieron en ellos están muertos y la historia ha sido muy parca para tratar el asunto, es preferible que Calcáneo Díaz quede como un mártir de la revolución en Tabasco.
Otro de los implicados en el fusilamiento del poeta, el general José Domingo Ramírez Garrido, juró por sus hijos ante Taracena, que no había tenido nada que ver en el asunto. Lo mismo hizo Antonio Hernández Ferrer desde Veracruz.
Como quiera que hayan ocurrido estos pormenores, la muerte de Calcáneo, como mártir de la revolución, merece reivindicarse, pero la historia ha sido ingrata con este tabasqueño nacido en Frontera el 18 de septiembre de 1874. Ni siquiera en su ciudad natal se le ha hecho justicia. No hay reconocimiento hacia él todavía.

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